martes, 1 de mayo de 2012

GENTE RARA Y SUS COSTUMBRES

Cuando uno lee cosas como las que os traigo en este post, se da cuenta de la gente tan rara que hay en nuestro planeta. Gente con costumbres que se salen de lo normal, o por lo menos, de lo que a nuestro parecer entendemos como normal. A lo mejor hay cosas que nosotros hacemos habitualmente, y que a otros les pueden parecer extravagantes.


Los joiníes, miembros de una secta religiosa originaria de la India, tenían formas muy curiosas de suicidarse: se cortaban trozos de su propia carne y se los ofrecían a las aves de rapiña. Pero su variante preferida era morir de inanición. Estas y otras prácticas de autosacrificio se recomendaban en textos sagrados de los siglos XIII al XVII.

Para saber si el futuro bebé era niño o niña, los antiguos egipcios hacían orinar a la mujer en trigo y cebada. Si el trigo crecía más rápido que la cebada, el fruto sería un varón, y viceversa.

En la antigua civilización inca, el uso de la coca estaba reservado a las clases más privilegiadas. Para los campesinos, era un crimen capital mascar hojas de coca sin autorización.

Algunas clínicas japonesas están especializadas en devolver la virginidad a las mujeres mediante una sencilla y barata operación quirúrgica.

Las babosas son las reinas de la fiesta en el pueblo de Monte Río. Esta población californiana se ve invadida una vez al año por gran cantidad de estos gasterópodos, y sus habitantes los aprovechan para diversas competiciones, como la carrera de babosas, y la elección de superbabosa: el ejemplar más grande es vestido con una capa púrpura y paseado por la ciudad sobre un cojín, acompañado por la música de la película Rocky. El acto más popular es el concurso de cocina: las babosas sirven de ingrediente principal en cócteles, potajes y platos de pasta. Gana la receta más original y sabrosa.

En algunas culturas de la antigüedad se solía enterrar a personas vivas en los cimientos de las futuras construcciones, para proteger el edificio de posibles infortunios. Cuentan que, cuando fue levantada la ciudad de Tavoy, en el sur de Birmania, colocaron un delincuente en el hoyo de cada poste, para alejar a los malos espíritus. Este rito también fue utilizado por los druidas.

Entre los tre-ba del Tibet, todos los hijos del mismo padre compartían una única esposa. Así que sólo celebraban una boda por familia en cada generación.

En la Grecia clásica, para saber si una mujer era estéril o no, se colocaba un ojo en la vagina; y si al día siguiente le olía la boca a ajo, la mujer se consideraba fértil. De lo contrario, se creía que sus conductos vitales estaban cerrados.

Antes de la llegada de los conquistadores españoles, las víctimas sacrificadas y devoradas cada año por el pueblo azteca oscilaban entre 15.000 y 250.000, según los expertos.

Hasta hace muy poco, y siguiendo la tradición hinduísta, las niñas podían ser obligadas a casarse a partir de los nueve meses después de la pubertad, es decir, a los ocho o nueve años. Esta forma de matrimonio resultaba un cruel infanticidio, como lo confirma el censo oficial del gobierno británico en la India realizado en 1921, donde se registraron 3.200.000 jóvenes muertas durante el año anterior a causa de las brutalidades sexuales a las que fueron sometidas por sus propios esposos.

En el antiguo Egipto, los días se dividían en buenos, amenazadores y nefastos, según los hechos que en ellos hubieran ocurrido durante la época en que los dioses moraban en la Tierra. En los días nefastos la gente no podía bañarse, montar en barca, viajar, comer pescado ni nada que viniera del agua. Tampoco se debía matar una cabra, un buey o un pato. Otros días era recomendable no tener trato carnal con mujeres, so pena de infección. Y otras veces, era mejor no escuchar canciones alegres ni pronunciar el nombre del dios Seth, que tenía fama de pendenciero.

En las primeras carreras de caballos, los jefes de las tribus del desierto africano obligaban a sus équidos a pasar días sin beber una gota de agua, para después soltarlos, sin jinete, en las proximidades de un abrevadero. El primero en llegar era el vencedor.

A los indios sirionó del Alto Amazonas, en Bolivia, les trae sin cuidado copular delante de otras personas, pero se mueren de vergüenza y pueden ser severamente castigados si son sorprendidos comiendo en público.

Las mujeres arapesh de Nueva Guinea nunca sienten dolores menstruales. Al parecer, esto se debe a que permanecen horas sentadas en un trozo de corteza de árbol húmeda; el frío y las ortigas con las que se rozan involuntariamente anulan la sensación de dolor.

Las madres de la tribu pondos de Sudáfrica están deseosas de que sus hijos se casen con tantas mujeres como les sea posible, ya que las recién casadas pasan a ser auténticas esclavas de la suegra.

En los harenes sudaneses, tras la pérdida de la virginidad de las concubinas a manos de los amos, éstos, para ponerlas a salvo de los instintos de los eunucos - que conservaban su órgano reproductor -, les colocaban en el interior de la vagina una vara de bambú de 30 centímetros que se sujetaba con correas a las piernas de la mujer.

En las islas Molucas, en el archipiélago de Indonesia, la caza de cabezas sólo puede hacerse por detrás, ya que, si el agresor ve la cara del oponente, matarlo sería un asesinato.

Los chinos adiestraban a los ciegos para la práctica del masaje con doble intención. Por una parte, se pensaba que los invidentes tenían más desarrollado el tacto y, por otra, podían tratar a la clientela femenina sin pudores.

La primera vez que a un pigmeo, acostumbrado a una visión de corta distancia, se le subió a una cumbre, confundió una manada de elefantes con moscas.

Cuando iban al mercado, los verdugos de la antigüedad no podían poner las manos sobre la mercancía, y tenían que hacer la compra provistos de una vara, con la que señalaban lo que deseaban comprar. Ello se debía al rechazo que hacia ellos sentía la mayoría de sus conciudadanos.

Las mujeres de los indios Pies Negros, originarios de la actual región canadiense de Edmonton, mostraban su luto por un familiar fallecido cortándose el pelo muy corto. Si el fallecido era el marido o un hijo -no una hija-, no sólo se cortaban el pelo, sino también una o más falanges de los dedos, y se desgarraban la piel de las pantorrillas.

Una receta de belleza recogida en el Anangaranga, famoso libro erótico hindú, recomienda a las mujeres que se pinten el rostro con cenizas procedentes de piras funerarias, recogidas dentro de un cráneo humano.

El vello corporal se considera tan obsceno en Japón que, incluso en las revistas eróticas, el del pubis se tapa siempre con un rectángulo negro.

En la India, a los moribundos y deshauciados se les llevaba al río Ganges y se les llenaba la boca de tierra, para ahogarlos a continuación en las aguas sagradas.

Durante algún tiempo la virginidad de la mujer estaba mal vista y se consideraba incluso peligrosa para la salud del marido. Por este motivo, en algunos partes de Oriente, los hombres ricos preferían desflorar a la novia con una barra de hierro o dejar ese trabajo sucio para un esclavo.

En la Edad Media, las ejecuciones de presos eran la fuente de un particular mercado negro; se comerciaba con las sogas de la horca, que se suponía que poseían abundantes virtudes curativas. También con el sebo de los ahorcados, para fabricar velas que, según se creía, podían alumbrar tesoros ocultos; y con la mandrágora, planta considerada la panacea contra todas las enfermedades, que crecía, según creencia popular, al pie de los patíbulos, regada con el semen de los ahorcados.

A pesar de que está totalmente prohibido, algunos indios cuna de Panamá siguen sacrificando -bien enterrándolos vivos, bien envenenándolos - a los bebés albinos. Antiguamente estos niños de piel y pelo blancos eran eliminados, debido a que resultaban poco rentables para la tribu y constituían una carga familiar, ya que al carecer su piel del pigmento melanina, no podían
exponerse al sol.

Las mujeres karo-batak, de Sumatra, se introducen en la vagina una bola de opio como método anticonceptivo.

Uno de los platos preferidos de los hadzas, población cazadora-recolectora de Tanzania, es la carroña. Ésta se considera un manjar.

Algunas tribus de indios del Orinoco, en Venezuela, colgaban los cadáveres en una especie de hamaca durante una semana, y con los líquidos que goteaban de ellos en el proceso de descomposición, los curanderos fabricaban un licor que decían que tenía propiedades mágicas.

Los vikingos, en sus incursiones, no dejaban títere con cabeza. Sin embargo, en el año 854, cuando Godofredo, jefe de los normandos del Loira, se encaminaba hacia el monasterio de Redon para saquearlo, se desencadenó una violenta tormenta. Los vikingos, aterrados, creyeron que el convento estaba protegido por los dioses, por lo que no sólo desistieron en el empeño dearrasarlo, sino que además Godofredo dejó una guardia a sus puertas, para cerciorarse de que ninguno de los suyos lo saquearía en el futuro.

Los cometas, considerados por muchos culturas como anuncios de infortunios y terribles males, significaban para los zulúes el presagio de una guerra; para los masais, hambre; para los eghap de Nigeria, epidemias, y para los luba del Zaire, la muerte de un jefe de la tribu.


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